martes, 11 de mayo de 2010

Mundial 1970. Oda a la Caballerosidad y al Jogo Bonito

Entre el 31 de mayo y el 21 de junio de 1970 México fue el anfitrión de la IX edición del Campeonato Mundial de Fútbol. La disputa por la Copa Jules Rimet se tornó muy interesante ya que el trofeo se lo podría quedar a perpetuidad la escuadra que logrará 3 títulos: Uruguay, Brasil e Italia eran los candidatos posibles.

En octubre de 1964, la FIFA aceptó los dos argumentos vitales exhibidos por México para elegirlo: tendría la infraestructura lista porque organizaría los Juegos Olímpicos del 68, con la fastuosidad del estadio Azteca, con capacidad para 105.000 espectadores, y además transitaba por una realidad política más estable que Argentina, el otro país que pugnaba por la organización.

En este mundial se utilizaron por primera vez las tarjetas amarillas y rojas. El motivo principal de su inclusión fue el desmedido juego cargado de infracciones violentas en el mundial anterior.

Hasta Chile 62, sólo se podía sustituir el arquero en caso de lesión. En una modificación del reglamento se autorizó efectuar hasta dos cambios y, al igual que con las tarjetas, en el partido inaugural ingresó el primer suplente de la historia de los mundiales, se trató del soviético Puzachs, quién reemplazó a Serebrjannikov al comienzo del segundo tiempo.

Este torneo es considerado por diversos expertos como uno de los mejores en la historia del fútbol debido, en primera instancia, a su juego limpio, ya que se cumplió sin un solo expulsado, igualando el récord de 1950 y a la presencia de algunos de los mejores jugadores de este deporte, como Pelé, Beckenbauer, Gerd Müller, Teófilo Cubillas, Bobby Charlton y Gianni Rivera.

Adidas comienza a ser el proveedor exclusivo de balones para la Copa del Mundo, el de México se llamó Telstar y cambió la hegemonía de los esféricos marrones y blancos con dieciocho gajos. El nuevo balón consistía en treinta y dos gajos hexagonales, diecisiete blancos y la misma cantidad de negros.

La Copa de México fue la primera en transmitirse a todo el planeta, con mayoría de televisores en blanco y negro. Pero, a la vez, fue el primer mundial transmitido en color por medio de seis cámaras que captaron las imágenes y las distribuyeron por el sistema Intelsat.

La mascota del torneo fue el dibujo de un niño mexicano con el típico sombrero de aquel país de nombre Juanito.

16 selecciones participaron en la ronda final, siendo divididas en 4 grupos de 4 equipos donde los 2 primeros de cada grupo avanzaron a la ronda de cuartos de final, a partir de la cual se dieron duelos de eliminación directa. Las grandes ausencias fueron Argentina, Portugal, Suiza, España y Hungría.

En el primer grupo las favoritas eran la Unión Soviética y México, en una suerte relativamente fácil, y no defraudaron, ambos clasificaron siendo la URSS, por promedio de goles, el líder del grupo. Bélgica y El Salvador no fueron rivales, éste último, incluso no pudo inaugurar su renglón goleador recibiendo 9 de regalo.
Los protagonistas del grupo B se encargaron de aburrir a millares de espectadores con su fútbol ultradefensivo. A pesar de su soporífero catenaccio, los aficionados mexicanos celebraron el pase de la squadra azurra y del equipo charrúa. Suecia e Israel hicieron su mejor esfuerzo pero no fue suficiente.
El grupo C fue un paseo para Brasil a pesar de la férrea oposición de Rumania e Inglaterra. Los ingleses acompañarían a los amazónicos a cuartos de final. Checoslovaquia no alcanzó puntos, muy distante de aquélla subcampeona de 8 años atrás.

El cuarto grupo lo dominó con facilidad el conjunto de Alemania Federal logrando trío de victorias, al igual que Brasil. La gran sorpresa fue Perú, equipo que, de la mano de Teófilo Cubillas venció a Marruecos y a Bulgaria siendo doblegados sólo por 3 golazos de Gerd Müller.

En la capital se enfrentaron la Unión Soviética y Uruguay ganado los rioplatenses por 1 a 0 en un encuentro de un pésimo arbitraje. 4 minutos faltaban para culminar la prórroga cuando Víctor Espárrago marcó el gol uruguayo, evitando de ese modo que el uso de la “monedita” para dirimir el pase a semifinal.

Los peruanos, dirigidos por el brasileño Didí, supieron defenderse de Brasil y protagonizaron un vibrante partido antes de sucumbir por 4-2, con goles de Rivelino, Jairzinho y 2 de Tostao.

Pero el gran partido de los cuartos de final enfrentó a los dos finalistas de 1966, Inglaterra y Alemania Occidental. En la previa al cotejo, los entrenadores de ambos seleccionados, hablaron para la televisión local. Un prudente Helmut Shöen reconoció enfrentarse con un difícil rival; pero el británico Ramsey declaró: “ni yo ni nadie debe dudar de nuestra victoria, porque Alemania nunca le ganó a Inglaterra, ni en el fútbol, ni en la guerra”.

Con dos goles de desventaja a 20 minutos del final, los alemanes levantaron milagrosamente el partido y acabaron ganando 3-2 en la prórroga. Los ingleses se excusaron de la derrota contra Alemania aduciendo que no pudieron contar con su arquero titular Banks, uno de los mejores del torneo, porque había recibido la “Venganza de Moctezuma” al beber cerveza adulterada.


Italia, tras pasar la primera fase como líderes de grupo anotando un solo gol, enfrentaban en cuartos el anfitrión México, equipo de fútbol rápido y alegre, quienes habían logrado pasar la fase de grupos por primera vez en su historia. El equipo americano salió mejor y se adelantó pronto con gol de González pero los italianos respondieron pronto por medio de Domenghini. En la segunda parte, y tras el cambio de Mazzola por Rivera, mejoraron los azzurri, desempatando pronto Riva. Los mexicanos se hundieron abrumados por la responsabilidad e Italia certificó su pase con un doblete de Rivera en los últimos minutos.

Los equipos de Alemania Federal, Brasil, Italia y Uruguay, todos campeones del mundo en torneos previos, alcanzaron a las semifinales.

La semifinal de Italia contra Alemania fue el partido más portentoso del torneo y uno de los más grandiosos de la historia de los mundiales. Ante 100 mil concurrentes en el Azteca lo tuvo absolutamente todo. Un gol de Schnellinger en el tiempo añadido neutralizaba el inicial de Boninsegna.
Después de los 90 minutos reglamentarios, los dos equipos se quedaron atascados en un empate a uno. Lo que siguió en la prórroga forma parte de la historia del fútbol: los dos equipos inclinaron la balanza del resultado a su favor en distintos momentos del partido en una lucha sin cuartel. La prórroga más inolvidable, con cinco goles: primero Müller rematando con todo, remontada de Italia con goles de Burgnich y Riva, otra vez el Torpedo poniendo el 3-3 y a dos minutos del final, el tanto postrero de Rivera, que significaba la final. Y a todo esto, Beckenbauer subsistió en el campo a pesar de su hombro dislocado, con el brazo en cabestrillo sujeto al cuerpo mediante una venda. Un monumento a la grandeza del fútbol.

Los italianos, dirigidos por Ferruccio Valcareggi, con la solidez de Facchetti y De Sisti por delante de Albertosi, el despliegue de Gigi Riva y Sandro Mazzola en media cancha y las intermitencias llenas de talento del Bambino de Oro Gianni Rivera, Italia llegó a la final con un fútbol consolidado.

En la otra semifinal los charrúas cayeron derrotados sin miramientos por tres a uno, pero lo curioso de éste partido no es que se recuerde por los goles cariocas, sino por los goles que no entraron. El 1o fue un disparo de Pelé desde 50 metros luego de un rechazo del arquero Mazurkievicz, mientras que el 2o fue una magistral jugada donde, mano a mano con el arquero, el diez carioca, deja pasar la pelota por un lado del portero, mientras que el franqueó por el otro dejando perplejo al guardameta, para luego ir a buscar la pelota y rematar sin fortuna al arco. Ambas jugadas son más recordadas que los cuatro goles de ese partido.

Los brasileños, el equipo más espectacular del torneo, la apoteosis del juego colectivo, quienes contaban con una inolvidable delantera: Jairzinho, Tostao, Pelé y Rivelino, también estaban en la final.

La gran final, dirigida por el alemán Rudolf Glockner, se celebró en la ciudad de México y fue la única ocasión que Brasil tuvo que salir de su sede en Guadalajara. Los dirigidos por Mario “Lobo” Zagalo jugaron un futbol excepcional y eran los favoritos para llevarse el campeonato y también la última edición la copa Jules Rimet.


La telaraña urdida por Valcareggi hasta cierto punto dio resultado. Bertini se encargó de Pelé, Rosato de Tostao, Facchetti de Jairzinho y Burgnich de Rivelino. En el ecuador de la primera mitad, Rivelino pone uno de sus centros teledirigidos a la cabeza de Pelé quebrando el marcador. El gol no desanima a los italianos, maestros del tiempo y sabios en aprovechar los errores del rival. Así, llega un balón sin demasiado peligro al área de Félix, quien duda, y Boninsegna se va de Clodoaldo para igualar, un gol de delantero puro. Así se llega al descanso.
Como había ocurrido en casi todos los partidos anteriores, el equipo verdeamarillo sale decidido a resolver en la segunda parte. Jairzinho se lleva a Facchetti al costado y abre huecos para las penetraciones de Gerson, cuyo buen juego en este tramo del cotejo será clave en la final. El fantástico mediocampista estrella, al cuarto de hora, el balón en el larguero y desequilibra la final cinco minutos después con un gol de genio: sombrero al defensa y en la salida un tiro que se cuela como un obús.
Italia acusa el golpe y tira la toalla definitivamente cuando, 3 minutos después, Jairzinho clava el tercero. La final se ha acabado y como en Suecia doce años antes, los últimos minutos son la mayor gloria del fútbol brasileño. Sale Rivera en el tramo final, pero sólo le alcanza para ver en primera fila una de las más grandes y famosas jugadas de la historia del fútbol: un balón que saca el portero Félix y que llega a Pelé, que sin mirar la pone su derecha donde entra Carlos Alberto como una bala para clavar el 4-1.

Brasil consigue así la Copa Jules Rimet en propiedad por haberla ganado tres veces. Carlos Alberto, el capitán carioca, subió al podio para recibir el trofeo. Pelé, con lágrimas en los ojos, fue paseado triunfalmente a hombros de sus compañeros de equipo. No solo había conseguido su tercera medalla de campeón, sino que acababa de jugar su último partido en una Copa Mundial de la FIFA.

“Aguantamos 60 minutos y nos trituraron en 30” dijo Mazzola tras el partido. Al llegar a la península itálica, los azzurros fueron recibidos por sus connacionales con una lluvia de insultos y tomatazos.

El mejor goleador del torneo fue el alemán Gerd Muller con 10 goles. Jairzinho ha sido el único jugador en la historia de los mundiales que convirtió goles en todas las rondas, tres en la primera y uno en cuartos de final, en semifinal y en la final.

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