domingo, 25 de abril de 2010

Salón de la Fama del Béisbol Venezolano. Clase 2010

El pasado lunes 12 de abril fueron anunciados los nuevos inquilinos del citado Salón. Cada uno de los elegidos trajo imágenes anecdóticas de sus carreras.

Ángel Bravo demostró un nivel de juego que lo llevó a ser líder bate (.538) en la final de la temporada 1964-65 cuando La Guaira fue campeón, en ese evento también se convirtió en el primer pelotero que bateaba 5 imparables en una final de la LVBP. En la temporada 1967-68 implantó un record de bases robadas (33) que estuvo vigente por varios años. Entre las justas de 1973-74 y 1977-78 alcanzó promedios de bateo sobre los .300 puntos. En dos oportunidades disputó el título de bateo con Al Bumbry. En la temporada 1974-75 resultó el jardinero con más dobleplays (8) de la LVBP. Al final de la campaña 1978-79 Bravo decidió retirarse y cuando empezó la siguiente temporada de la LVBP, había conseguido trabajo en el Hipódromo La Rinconada. Hasta allá se llegó el Negro Prieto para convencerlo de jugar como emergente principal del Caracas. Aún cuando sus condiciones físicas no eran las mismas fue capaz de soltar 14 imparables, anotar 7 carreras y empujar 6.

Sus lideratos de juegos salvados (12 en la 1980-81) y de efectividad (1.20 y 1.99 en la 80-81 y 89-90), además de ser segundo en juegos salvados de la LVBP con 73 de por vida son pergaminos que ilustran la capacidad de Luis Aponte como lanzador. En la temporada de Ligas Menores de 1981 Aponte jugaba para el Pawtucket de la Liga Internacional AAA. El 18 de abril los Alas Rojas de Rochester fueron al McCoy Stadium de Pawtucket para enfrentar a los Medias Rojas de la localidad. El juego resultó el más largo de la historia del béisbol profesional. La acción comenzó en la tarde y hubo de ser detenida a las 04:07 de la madrugada, luego de completar 32 episodios. Aponte lanzó 4 innings de ese partido, lo único que permitió fueron dos boletos. Cuando a esa hora el lanzador trató de regresar a su hogar, la esposa se negó a abrirle la puerta. Aponte le pidió que llamara al manager, pero tuvo que regresar a dormir en el estadio.

Venezuela siempre ha contado con excelsos defensores del campocorto. En cualquier discusión sobre los mejores torpederos criollos, es difícil que alguién deje de nombrar a Teodoro Obregón y aquella combinación de doblepays que conformó junto a Gustavo Gil en los Pericos del Valencia. Las jugadas de rutina y las acrobáticas abundaban en cada juego, desde el guante y los instintos de Obregón. Buena parte de la razón de los 5 campeonatos logrados por ese equipo se debe a la calidad de esa combinación alrededor de la segunda base. Alcanzó algunos lideratos defensivos en la LVBP. Quizás esto explique una pregunta que me hacía a finales de los años sesenta cuando mis hermanos llegaron una mañana a la casa atesorando una barajita de Obregón. “Me la querían quitar a como de lugar. Hasta me ofrecieron 10 barajitas por esta. Pero que va. Esta no la cambio por ninguna”.
Haber llevado a un equipo a 8 finales seguidas desde mediados de los sesenta hasta comienzos de los setenta es un hecho sin precedentes (aún sin parangón) que describe el compromiso de Pedro Padrón Panza con los Tiburones de La Guaira. Siempre tenía una carta debajo de la manga al final de la temporada para reforzar a su equipo, realizaba todas las diligencias en la fecha que fuese y viajaba por todos los rincones del país a firmar peloteros. Los meses previos al Nacional Juvenil de Cumaná en 1979, lo encontré en la tribuna central del Estadio del Peñón hablando con un nivel de conocimiento sobre los peloteros de la selección del estado Sucre, comparable al del cuerpo técnico del equipo. “Ese muchacho Jesús Gómez tiene todas las herramientas para ser un tremendo tercera base y Héctor Rivas puede llegar a desarrollarse como un gran bateador de poder”.

Siempre me llamó la atención la manera como mis hermanos hablaban de Lázaro Salazar. Aunque sólo sabían de él por referencias de otras personas o artículos de prensa o revistas. Me impresionaba la veneración con que se referían al manager que en 7 temporadas llevó al Magallanes a 3 títulos de la LVBP, y 3 segundos lugares. El detalle que más llamaba mi atención tenía que ver con la ocasión en que “El Principe de Belén” sacó al pitcher de un juego en una situación difícil y vino él mismo a apagar el fuego para preservar la victoria eléctrica. Siempre me pareció algo fabuloso todo aquello. Cuando empecé a saber sobre otros managers-jugadores la imagen de mis hermanos comenzó a tener más visos de realidad. Hace poco revisé un material bibliográfico donde Salazar aparece como manager, pitcher e infielder, en el roster del Magallanes en la temporada 1950-51.

En los entrenamientos primaverales del año 2000, Andrés Galárraga estaba saliendo del tratamiento de mal de Hodgkins en la espalda. Los Bravos de Atlanta y los Rayas de Tampa Bay vinieron a efectuar una serie de encuentros en Venezuela. Tuve oportunidad de asistir al desafío del Estadio Universitario con unos amigos. La expectativa era enorme por cuanto hacía mucho tiempo que no se realizaba un juego de Grandes Ligas en el país. El juego fue interesante. Sin embargo el momento inolvidable ocurrió cuando durante la presentación de los jugadores pronunciaron el nombre de Andrés Galárraga. Una ráfaga de aplausos fue in crescendo por varios minutos en un éxtasis de respaldo y reconocimiento al ser humano que había batallado contra el cáncer, al pelotero de tantos logros importantes. Por momentos bajaban los aplausos para regresar con intensidad inesperada. Esos minutos de emoción desbordada hicieron que el juego sólo fuera algo más dentro de las expectativas de aquella noche.

Alfonso L. Tusa C.

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